Epimelea

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¿Por qué digo que entiendo algo cuando no lo entiendo?

En una reunión, alguien expone un plan usando siglas desconocidas. Todos asienten. Tú también asientes. Al salir, buscas esas siglas en el móvil, de espaldas a los demás.

Otras veces, el médico termina su explicación y pregunta si hay dudas. Dices que no. En casa, no podrías repetir ni la mitad de lo que dijo.

Un pueblo ante una sábana vacía

Cervantes describió esta escena hace cuatro siglos. En «El retablo de las maravillas», dos pícaros, Chanfalla y Chirinos, llegan a un pueblo con un retablo vacío. Anuncian una condición: solo pueden ver sus figuras quienes sean de sangre limpia y de padres casados.

Es una sátira de la obsesión con el linaje, pero aquí importa otra cosa: la condición convierte el no ver en una confesión.

Chirinos anuncia a Sansón, luego un toro, luego una manada de ratones. Los vecinos se tiran al suelo, gritan, se recogen las faldas. Nadie ve nada. El gobernador lo dice aparte, para sí:

«todos ven lo que yo no veo; pero al fin habré de decir que lo veo, por la negra honrilla.»

— Miguel de Cervantes, «El retablo de las maravillas», Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, 1615

El precio de un «no lo veo»

El gobernador no se engaña. Sabe que la sábana está vacía. Lo que no sabe es si los demás la ven, y no puede preguntarlo sin delatarse.

Ahí está la trampa del retablo. Cada vecino calla por miedo a los otros, y los otros callan por lo mismo. El silencio de todos parece la prueba de que todos ven.

En la reunión pasa algo parecido: si nadie pregunta por las siglas, decir «no lo entiendo» suena a «no soy de aquí».

La honrilla

Cervantes no llama orgullo a lo que mueve al gobernador. Lo llama «negra honrilla»: una honra pequeña y molesta, la que depende de lo que piensen los demás.

Fingir que entiendo rara vez protege lo que sé. Protege mi sitio en la sala. El gesto de asentir dice: soy de los que entienden, no me saquéis.

Ese sitio tiene un coste. Quien finge ver al toro tiene que tirarse al suelo cuando los demás se tiran. Quien dijo que entendía tiene que seguir actuando en la reunión siguiente, y en la otra. La mentira pequeña pide mantenimiento.

Un forastero en la puerta

Al final del entremés entra un furrier que busca alojamiento para sus soldados. No conoce las reglas del retablo y pregunta lo evidente: qué doncella tiene que ver. Los vecinos no le dan la razón. Lo acusan de ser «dellos», de los que no pueden ver.

Quien dice «no lo veo» no rompe el hechizo. Lo expulsan.

Callar no es falta de valor. En ese pueblo, la verdad sale cara.

¿Qué temo perder, exactamente, si un día digo en voz alta «no lo entiendo»?


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