Epimelea

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Por qué discutimos por tonterías

Una tapa de dentífrico, un comentario en la cena o el horario del sábado. Algo pequeño escala en diez minutos hasta los gritos y un portazo. Al día siguiente el motivo es borroso, pero queda la sensación de haber agotado la energía en algo irrelevante.

Dos conejos y una persecución

En 1782, Tomás de Iriarte publicó sus Fábulas literarias. La undécima comienza así:

«Por entre unas matas, / Seguido de Perros, / (No diré corría) / Volaba un Conejo.»

— Tomás de Iriarte, «Los dos Conejos», Fábulas literarias, 1782

Un segundo conejo sale de su madriguera y pregunta qué ocurre. El primero responde, sin aliento, que lo persiguen dos galgos. El compañero lo corrige: son podencos. La fábula abandona la huida para centrarse en la nomenclatura:

«Son Galgos te digo— / Digo que Podencos.»

— Tomás de Iriarte, «Los dos Conejos», Fábulas literarias, 1782

Los perros llegan y atrapan a los animales mientras están «descuidados». La moraleja refleja la ortografía de la época:

«Los que por qüestiones / De poco momento / Dexan lo que importa, / Llévense este exemplo.»

— Tomás de Iriarte, «Los dos Conejos», Fábulas literarias, 1782

Para qué sirve la disputa

En el entorno escolar la fábula se reduce a la moraleja. Sin embargo, ambos conejos saben que hay perros. Uno llega jadeando y el otro los ve a lo lejos. Ninguno ignora el peligro, pero discuten sobre él en lugar de observarlo.

Mientras debaten la raza, no tienen que sentir que los perros están a dos saltos. Discutir da la impresión de actuar. Además, al adversario que está enfrente se le puede ganar; lo que viene detrás de las matas no permite esa victoria.

Con las discusiones triviales ocurre lo mismo. La tapa del dentífrico es litigable. Que una pareja lleve meses sin tocarse o que un padre esté enfermo y nadie lo haya mencionado no admite réplica. La energía se desplaza hacia donde sí hay réplica.

Lo que corre detrás de las matas

Rollo May escribió que la ansiedad afecta a aquello que la persona considera esencial para su existencia. La rabia no encaja con los platos sin fregar; pertenece a otro conflicto y aterriza en los platos.

En terapia, una discusión recurrente suele funcionar como una puerta. Importa menos quién tenía razón que lo que se iba a decir justo antes. A veces surge la frase omitida y la pelea revela un miedo.

En la fábula, los perros aparecen al principio y al final. El centro es la discusión.

Cuando discuto si eran galgos o podencos, ¿qué viene corriendo que no quiero nombrar?


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La aplicación: psicólogo IA para una terapia a largo plazo


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