Soledad existencial
Solemos pensar la soledad como una falta. Faltan personas, o las que hay están lejos, y el remedio parece claro. Irvin Yalom no lo ve tan sencillo. En Psicoterapia existencial (1980; en castellano, Herder) dedica una de sus cuatro partes al aislamiento. Su tesis es que la palabra nombra tres situaciones distintas y que solo dos de ellas son una falta.
El libro ordena la existencia en torno a cuatro preocupaciones: la muerte, la libertad, el aislamiento y la carencia de sentido vital. Lo que en el habla corriente se llama soledad existencial, Yalom lo llama aislamiento existencial.
Tres aislamientos
El primero es interpersonal. Es la distancia con los demás, y sus causas tienen nombre: dónde vive alguien, qué le ha pasado, cómo se comporta cuando otro se acerca. Si cambia alguna de esas cosas, cambia la distancia. En España se habla mucho de la soledad no deseada, y casi siempre es de esta clase.
El segundo es intrapersonal. Es la distancia con partes de uno mismo: deseos que no se admiten, sentimientos que se mantienen lejos. Yalom lo considera el terreno clásico de la psicoterapia, la división que la terapia intenta cerrar.
El tercero no es ninguno de los dos. Yalom lo describe como una separación entre uno mismo y cualquier otro ser, y la palabra que importa aquí es infranqueable. Ninguna relación la reduce. Nadie vive en el cuerpo de otro. Nadie recibe el mundo exactamente como le llega a otro.
Se puede tener pareja, amigos y familia, y estar igual de solo en este sentido que cualquier otro. No es una desgracia particular. Es la condición de todos.
De dónde sale
Yalom ata este aislamiento a las otras dos preocupaciones del libro. A la muerte, porque nadie puede morir por otro. A la libertad, porque si cada uno es autor de su vida, también está solo en esa autoría. Lo que le toca decidir a uno no lo decide nadie más, aunque muchos se ofrezcan.
Por eso aparece con fuerza en ciertos momentos. Una decisión que no admite consejo. Una enfermedad. El día en que alguien comprende que los demás, por mucho que quieran, se quedan a un paso.
El error de pedirle a la compañía lo imposible
El interés clínico del libro está aquí. Según Yalom, la gente confunde a menudo la tercera clase con la primera y trata de resolverla con compañía. A la relación se le pide entonces algo que ninguna relación puede hacer: acabar con la separación.
Lo que sigue es conocido. La necesidad de contacto constante. El reproche cuando el otro resulta tener una vida propia. La fusión, en la que dos personas se disuelven en lugar de encontrarse. Yalom describe relaciones en las que el otro deja de ser alguien y pasa a ser una función: el que evita que uno esté a solas consigo.
Hay también un error contrario, más callado. Quien decide que la distancia es total deja de intentar la cercanía corriente, la que sí estaba al alcance.
Lo que queda
La respuesta de Yalom no es un consuelo. No sostiene que el aislamiento sea menor de lo que parece. Sostiene que puede afrontarse con alguien presente en vez de a solas. Dos personas que han aceptado el hecho pueden encontrarse a través de él sin fingir que no existe.
En esa lectura, una relación no vale porque llene el hueco. Vale porque el otro ha dejado de exigir que se llene. Yalom apoya aquí buena parte de lo que dice sobre el amor: quien ama sin usar al otro para no estar solo puede verlo tal como es.
La relación terapéutica ocupa en el libro un lugar parecido. No elimina el aislamiento del paciente. Es un encuentro real entre dos personas que saben que siguen separadas. Para Yalom, esa experiencia enseña algo que ninguna explicación enseña: que la separación y la cercanía pueden estar en la misma habitación.
Queda una pregunta. ¿Qué les pido a los demás que nadie puede darme?
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La aplicación: psicólogo IA para una terapia a largo plazo
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