Epimelea

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¿Por qué los que más ayudé son los que menos lo agradecen?

Prestar dinero a un amigo cuando nadie más lo hacía, recomendar a una colega para un puesto o cuidar a alguien durante meses. Cuando esa persona se recupera o prospera, tú apareces poco en su vida y, aunque no se trata de buscar un monumento, duele, y cuesta decir qué duele exactamente.

Un alumno y un maestro

Don Juan Manuel lo relata en El conde Lucanor. Un deán de Santiago viaja a Toledo para que don Illán le enseñe nigromancia. Al recibirlo, don Illán expone su temor: quienes alcanzan posiciones altas suelen olvidar rápido quién los ayudó a subir. El deán jura que él no actuará así.

Antes de comenzar las lecciones, don Illán pide a una criada que prepare unas perdices para la cena, pero con una instrucción clara: que no las ponga a asar hasta que él lo ordene.

La escalera del poder

La nigromancia es el pretexto. El deán asciende rápidamente a arzobispo, obispo, cardenal y Papa, y en cada etapa don Illán solicita un cargo para su hijo. El deán siempre lo aplaza. Primero dice que el puesto es para un hermano; después, para un tío. Siempre hay una razón para esperar.

Al final, el Papa no le otorga ni la comida para el viaje de regreso y don Illán llama a la criada para ordenarle asar las perdices. El deán vuelve a ser el mismo deán que llegó a Toledo. Toda su trayectoria de ingratitud ocurrió en una sola noche, mientras la cena seguía esperando.

Don Juan Manuel cierra el relato con estos versos:

«Al que mucho ayudares et non te lo conosciere / Menos ayuda habrás, desque en grand honra subiere.»

— Don Juan Manuel, El conde Lucanor, ejemplo XI, ed. F. J. Sánchez Cantón, Madrid, Saturnino Calleja, 1920

Lo que don Illán ya sabía

Don Illán sabe lo que ocurre. Expresa su miedo antes de empezar, pero aun así ayuda repetidamente y espera un retorno. Con cada favor, el deán se convierte en un deudor y don Illán en un acreedor que lleva la cuenta en silencio.

En la vida cotidiana sucede algo similar. La ayuda rara vez se entrega sin una expectativa implícita. Se da a cambio de algo que no se nombra: un lugar en la vida del otro, el deseo de ser recordado o la esperanza de recibir apoyo algún día. Mientras ese acuerdo no sea explícito, la otra persona ignora que tiene una deuda y quien ayuda solo descubre lo que esperaba cuando el agradecimiento no llega.

Las perdices sin asar

¿Qué esperaba recibir cuando ayudaba, y por qué no lo dije en voz alta?


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La aplicación: psicólogo IA para una terapia a largo plazo


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